
Año: 1956
Director: John Ford
Reparto: John Wayne, Natalie Wood, Jeffrey Hunter, Ward Bond, Vera Miles, John Qualen, Olive Carey
País: Estados Unidos
Duración: 119 min
Género: Western
Puntuación: ★★★★★
Sinopsis
Texas. En 1868, tres años después de la guerra de Secesión, Ethan Edwards, un hombre solitario, vuelve derrotado a su hogar. La persecución de los comanches que han raptado a una de sus sobrinas se convertirá en un modo de vida para él y para Martin, un muchacho mestizo adoptado por su familia. [Filmaffinity]

Análisis
-Martin: Algún día tendrán que parar. Al fin y al cabo, son seres humanos y tendrán que parar.
-Ethan: No. Un blanco monta un caballo hasta reventarlo y luego sigue a pie. Llega un comanche, hace que el caballo se levante, lo monta veinte millas más y luego se lo come. Esa es la diferencia.
Centauros del desierto no es solo una de las mejores películas del oeste. Porque la película que John Ford filmó en 1956 no se reduce a hablar de vaqueros, sino que interpela a todo hombre. El sentido de la vida, la búsqueda de uno mismo y de la felicidad, los prejuicios, el racismo, la familia y el paso del tiempo están presentes en una obra que pasó desapercibida el año de su estreno –no se le nominó a premio alguno- pero que con el avance de los años ha alcanzado el lugar que merece en la historia del cine.

John Ford adapta una novela de Alan Le May, The Searchers, para dar pie a una trama relativamente sencilla: Ethan Edwards regresa a la casa de su hermano una vez terminada la Guerra de Secesión. Su hermano vive con su esposa Martha, sus tres hijos –dos niñas y un niño- y un indio mestizo que han adoptado, Martin. Un día que Ethan y Martin acompañan a unos ganaderos a recuperar sus vacas robadas, los indios asesinan a su hermano, a Martha y al niño, y secuestran a las niñas. Con ayuda de Martin, Ethan removerá cielo y tierra para encontrar a sus sobrinas.
La película narra la odisea de Ethan por encontrar a las niñas. Y ese es su único argumento. Siete años vagando por el desierto, de un lado para otro, persiguiendo a los indios, siguiendo falsas pistas, soportando el peso del calor y la nieve del invierno. Durante su búsqueda, Ethan trata con comerciantes, soldados de la caballería, mercenarios, ganaderos e indios. Y parece ser que los indios -¿obviamente, no?- son los malos de la película. Sin embargo, realmente no hay antagonistas en el film. Los indios son una mera excusa para que avance la trama. Porque el enemigo de Centauros del desierto es el propio Ethan, está dentro de él mismo. John Ford nos transmite la necesidad por devolver el orden al hogar y el anhelo por encontrar los orígenes de la propia existencia. Ethan no solo lucha contra los indios, lucha contra su rechazo al mundo indio y contra su incapacidad por abrirse al mundo familiar.

¿Porque quién es Ethan Edwards? Para comprender a este personaje tan complejo –interpretado magistralmente por John Wayne- nos ayuda saber el año en que da comienzo la trama. El film arranca con un rótulo en amarillo: “Texas, 1868”. La novela sitúa la historia en 1860, de modo que John Ford ha cambiado la fecha, y no por casualidad. En 1868 ya habían pasado tres años desde que terminó la Guerra de Secesión, y la Unión había vencido a los Confederados. Nuestro protagonista, Ethan, luchó en la Confederación. Por tanto, no regresa de cualquier manera a casa de su hermano: regresa derrotado. ¿Pero qué hizo durante esos tres años? Vagar por el desierto, sin tener dónde descansar, sin saber a dónde dirigirse. Es un hombre pausado, silencioso, reservado. Posiblemente fue un idealista durante la guerra. Ethan es un apátrida, un hombre sin futuro. Su lugar es el desierto, el mundo de lo salvaje, de la violencia. Esta realidad ya queda clara en los primeros planos que nos proporciona la película: el arranque nos muestra la puerta abierta de un rancho, vista desde el interior. Al fondo, se ve el desierto. La silueta de una mujer avanza en ese interior oscuro y se recorta con la luz del día. Camina silenciosamente hacia el porche, y desde allí ve a un hombre que lentamente se acerca cabalgando hacia la casa. Viene solo. Viste el uniforme de la Confederación y su cintura porta un sable. En torno al porche se reúne toda la familia. Ethan llega hasta el porche, desmonta y da la mano a su hermano. Después un beso a su cuñada. En silencio, pasa al interior. La casa, el lugar donde impera la ley y el orden, la civilización. En dos minutos, Ford ha transmitido mucho: el calor del hogar y las dificultades de Ethan para acceder al mundo familiar; pues no es su hábitat.
Porque de alguna manera, el desierto se asemeja a la selva que Joseph Conrad nos describe en El corazón de las tinieblas. En la selva y en el desierto no hay ley, ni civilización. No deja de ser una hipótesis, pero es posible que, antes de la guerra de Secesión, Ethan fuese un joven idealista, como Charles Marlow y Kurtz (los protagonistas de la novela de Conrad). Ethan fue educado en un rancho, uno de los escasos atisbos de civilización en el lejano oeste. Y fue a la guerra a combatir por unos ideales, por defender los principios en que había sido educado. Para luchar por esos ideales, abandona la civilización –su casa, su rancho- y atraviesa el desierto para encontrarse con la barbarie –la guerra-. Allí descubriría el horror, del mismo modo que Marlow y Kurtz encontraron el horror en la selva. Y con la derrota de Ethan, de igual modo fueron derrotados sus ideales confederados. Como también murieron los ideales de civilización de Marlow y Kurtz. Los tres años que Ethan deambula por el desierto son mucho tiempo para pensar, como también la selva de Conrad nos invita a reflexionar: “La selva […] había susurrado cosas sobre él mismo que no conocía, cosas de las que no tenía ni idea hasta que se sintió aconsejado por esa gran soledad”.

Efectivamente, hay muchas similitudes entre Marlow, Kurtz y Ethan. Pero también existe una gran diferencia. Si los personajes de Conrad acabaron por volverse escépticos, no es así el Ethan Edwards que regresa a casa de su hermano. Cuando Marlow vuelve a Europa, carga contra toda la gente “que se apresuraba por las calles para extraer unos de otros un poco de dinero, para devorar su infame comida, para tragar su cerveza malsana, para soñar sus sueños insignificantes y torpes”. Por el contrario, Ethan se alegra de regresar. A su manera, pues su carácter es pausado e introvertido. Pero se alegra por ver a su hermano, por ver a Martha y por ver a sus sobrinos. Se alegra por sentarse a cenar con ellos y por participar del ambiente familiar. Es una alegría interior, que contrasta con su cabeza baja y una mirada triste. Pero no es una tristeza de escepticismo, de abandono, de impotencia por no poder cambiar nada. Es una tristeza fruto de la envidia sana, de observar la felicidad de su familia, de pensar cuánto le ha arrebatado la guerra. Ethan no es un escéptico, sino un nostálgico. De hecho, no han menguado sus ideales, pues llega a manifestar: “Un hombre solo puede prestar juramento una vez en la vida, y yo se lo presté a la Confederación”.
Pero Ethan no solo es un hombre sin rumbo. Es racista, pues siente verdadero odio hacia el mundo indio. Odia a Martin -su sobrino adoptado-, mata búfalos solo por dejar a los indios sin comida, y cada vez que se refiere a ellos los califica de “bárbaros” e “inhumanos”. Un odio que no es fruto del desconocimiento. Es más, conoce a los indios a la perfección. Sabemos poco del pasado de Ethan, pero ha tenido mucho contacto y relación con ellos. Conoce sus costumbres, los lugares a donde se dirigen según la época del año, su idioma, sus creencias y sus horarios de combate y de sueño. ¿Cómo nacieron esos prejuicios contra los indios? El director no lo aclara, pero serán una constante a lo largo de la película. Por causa de ese odio, dispara contra los ojos de un indio muerto –según sus creencias, así no podrán entrar a la tierra de los espíritus-, corta la cabellera de un jefe indio ya muerto, y constantemente insulta a Martin durante la odisea por el desierto; cuando el mestizo se refiere a su hermana, le increpa el protagonista: “ella no es tu nada, no tiene ningún parentesco contigo”.
Y son de hecho esos prejuicios los que le mueven a emprender la búsqueda de sus sobrinas. Es el deseo de venganza, que nace al contemplar desde lo lejos cómo arde el rancho de su hermano. Lo más probable es que sus sobrinas estén muertas –le advierten sus conocidos-, pero él insistirá en continuar la marcha. “Si las niñas están muertas, no malgaste su vida y la de Martin clamando venganza”, señala una vecina del rancho. Quizá Ethan sepa que jamás las encontrará, pero el odio que le ciega cobra demasiado peso.

Por ello, los prejuicios de Ethan son muy distintos de los que sienten Núñez en El país de los ciegos y el marido anfitrión de Catedral, de Carver. En primer lugar, Núñez es un explorador que quiere aprovecharse de los ciegos. Aparentemente les presenta la civilización, con el propósito de ser admirado y adorado. Por otro lado, el personaje de Catedral no siente interés alguno en tratar al ciego. Es un ser completamente pasivo, cínico, que no quiere interactuar. Y Ethan, por su parte, solo tiene un objetivo entre ceja y ceja: eliminar a los indios. En el primer caso los prejuicios generan soberbia y ambición, en el segundo desgana y miedo a lo desconocido, y en el caso de Ethan el asesinato de seres humanos. Aun con sus barreras, los personajes de Wells y Carver pueden establecer un diálogo con el otro. En Centauros del desierto no hay diálogo alguno. No hay cabida para el intercambio, no llega a plantearse. ¿El motivo? Que ninguno de los personajes está por la labor. Los indios –paradójicamente-, actúan de víctima. Frente al mundo de los blancos, se recluyen en sus campamentos, viven como nómadas e intentan, de algún modo, continuar su rutina. Y Ethan directamente no los concibe como seres humanos, de modo que el diálogo –cualidad de las personas- ya está rechazado de antemano.
Ethan y Martin encontrarán a las niñas. Primero a Lucy, muerta, enterrada. Y después de haber recorrido el desierto durante años, darán con Debbie. Resulta que ella ya no es una niña. Resulta que no les reconoce. Y resulta que ahora viste como una india y es la esposa del jefe de la tribu. Por causa de sus prejuicios, Ethan renegará de ella. Para él su sobrina ha muerto. Así se lo dice a Martin y así se lo comenta a los vecinos del rancho. No hay tan siquiera un esfuerzo por traerla de vuelta a casa y “civilizarla”, como quizá intentaría Núñez en El país de los Ciegos. Tampoco puede Debbie llamar la atención de su tío y acceder a su interior, como el ciego de Catedral; en medio de los indios, resulta imposible, hay una barrera que Debbie no puede traspasar y es la sociedad de la que ya forma parte. Realmente, la relación entre Ethan y su sobrina está irremediablemente condenada al fracaso. Es más, el odio de Ethan llega a tal extremo que se plantea matarla. No obstante, es necesaria la intervención de un tercer personaje para salvar la trama: Martin.
Este mestizo adoptado por la familia de Ethan se convierte, a causa de las circunstancias, en el inseparable compañero de nuestro protagonista. Aparentemente, son los mismos motivos los que le mueven a emprender aquella búsqueda junto al vaquero: rescatar a las niñas. Pero si, en el caso de Ethan, ese rescate tiene su origen en un deseo de venganza, de orgullo y de despecho, no sucede así en el mestizo. Él verdaderamente posee nobles sentimientos de querer recuperar a sus hermanas. Porque ha vivido con ellas, porque forman parte de él. Aunque a pesar de esos nobles sentimientos, Martin tiene mucho que aprender. Aun es un adolescente el chaval que nos presenta el arranque del film: incumple sus obligaciones, su carácter es impetuoso y solo desea tontear con su vecina Laurie, cuando ella realmente está enamorada. Será Martin uno de los personajes que padezca una mayor evolución a lo largo de la película. Su odisea por el desierto le convierte en un hombre. De hecho, tal fue una de las proclamas que rezó el cartel del film en el año de su estreno: “Empezó la búsqueda como un niño, la terminó como un hombre”.

¿Cómo puede darse semejante cambio en este personaje? ¿Tan solo por vagar siete años por el desierto? Mucho le influye el hombre junto al que vaga. Y es que entre Ethan y Martin se construye una auténtica relación de amistad. Como señala el refrán, “el roce hace el cariño”, y a base de horas y horas cabalgando los dos personajes terminan por cohesionar. A pesar de los prejuicios iniciales, por supuesto. Porque cuando al comienzo de su búsqueda Martin se dirige a Ethan como “tío”, este le responde: “No me llames tío, yo no soy tu tío”. Si bien Martin aprenderá mucho del protagonista –valor, constancia, ingenio…-, Ethan no aprende tanto de su sobrino, en el sentido de que no adquiere –aparentemente- virtudes. Más bien, su sobrino le aplaca y evita que cometa males mayores, pero su modo de ser no sufre cambios.
La amistad de estos personajes es fruto del conocimiento, de un conocimiento que requiere tiempo, como nos indica El principito: “Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada”. ¿Y qué mejor modo de obtener tiempo que vagar horas y horas por el desierto? Comparten el paso del tiempo, cambios de estación y cansancios. Obligados por las circunstancias –rescatar a las niñas-, a los personajes de Centauros del desierto les sucede lo mismo que al aviador y al principito, condenados a estar juntos hasta que se repare el avión. Al inicio de su viaje, la relación entre Martin y Ethan no es muy diferente de la de Marlow y un nativo en El corazón de las tinieblas: “Era una especie de socio, conducía el barco y yo tenía que ocuparme de sus deficiencias, y de esa manera un vínculo sutil se había creado”. Pero los dos personajes irán más allá. Comenta el principito en referencia al zorro: “en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo”. De algún modo, es lo que le ocurre a Ethan. Por culpa de sus prejuicios, nada diferenciaba a su sobrino de otros cien mil indios. Pero ahora un débil hilo les une en pos de un objetivo común: encontrar a las niñas. Y a partir de los diálogos que mantienen durante la búsqueda, su sobrino comienza a diferenciarse de los demás. Le conoce. No es “otro indio”, es Martin, el chaval impetuoso, torpe al montar al caballo, quien tontea con Laurie, ingenuo, soñador y pesado a la hora de hacer preguntas. Conocer a Martin cambia la visión de Ethan hacia él: “solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”, diría el principito. Y, no obstante, ese cambio de visión solo se extiende a su sobrino. Los demás indios continúan pareciéndole igual de salvajes y abominables. Debbie, su sobrina, continúa pareciéndole un ser indigno tras descubrirla. De hecho, Ethan llegará a redactar su testamento a favor de Martin y en perjuicio de su sobrina, ante lo cual el chico se escandaliza: “¿Qué clase de hombre es usted?”.

Al final de la película, Ethan, Martin y la caballería atacarán el campamento indio en el que está Debbie. Martin descubre a su hermana e intenta sacarla de allí, pero la pierde entre el caos de la batalla. Ethan es quien se topa con ella. Debbie huye, y su tío la persigue a caballo en medio del caos de la contienda. Cuando Martin es consciente, corre tras los dos gritando: “¡No lo hagas Ethan, no lo hagas!”. Pero los pierde de vista. Debbie termina arrinconada junto a unas rocas sin escapatoria alguna. Y su tío la alcanza, y desmonta, y entonces la abraza del mismo modo que la abrazó en el arranque del film cuando visitó el rancho. “Volvamos a casa”, le susurra Ethan en el momento más emotivo de la película. El ser humano es libre y en su corazón suceden cosas difícilmente explicables. Porque, para ser justos, sería muy complejo definir por qué Ethan terminó actuando de esa manera. Pudo ser que los ojos de su sobrina le recordasen aquella niña que abrazó en el porche, que la sangre realmente tenga un peso misterioso o que el cariño hacia Martin le impidiese disparar. El caso es que Ethan recogió a su sobrina entre sus brazos, y emprendieron el viaje de regreso a casa.
Y es en el rancho donde John Ford cierra la historia. Con Martin, Debbie y los vecinos en el interior, alegres, en actitud familiar. Y con Ethan atravesando la puerta para salir al desierto, en donde permanecerá. Por esto mismo, aún extraña más la actitud de Ethan al rescatar a Debbie. Porque nos damos cuenta de que él, realmente, no ha cambiado. Comenzó en el desierto y regresa al desierto. La historia, por tanto, de algún modo es circular, no tiene un final nítido. Ethan llegó a visitar a su hermano siendo un hombre de principios, un nostálgico, racista, solitario y desarraigado, y de igual modo atraviesa la puerta para salir al desierto al final del film. Y la razón de todo ello es que Ethan Edwards no se deja domesticar, como diría el zorro de El principito. “Debes tener mucha paciencia […] Los ritos son necesarios”, señala el animal. Y Ethan no contempla una vida con ritos, en un rancho, realizando la misma actividad hora tras hora y conviviendo con la misma persona día tras día. “Eres responsable de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…” le dicen al principito. Ethan no desea ser responsable de nada ni de nadie. ¿Por egoísmo? Quizá por miedo, por temor a perder aquello que se ama. Porque amar a uno le hace vulnerable: “Si se deja domesticar, se expone a llorar un poco”. Ethan Edwards, el oficial confederado que conoce a los indios como a sí mismo y que encuentra todo lo que busca no está dispuesto a mostrarse vulnerable. Por eso jamás podrá formar parte de la civilización, del mundo de la ley y el orden, del calor de un hogar. Él pertenece al desierto, al hábitat de lo salvaje, a donde nadie ama. Y muy cerca estuvo Martin de padecer el mismo mal de su tío. El miedo al compromiso, a estrechar lazos y a fundar un hogar angustiaban al Martin adolescente. Pero él adquiere la madurez para regresar junto a Laurie al final de la película, y casarse. Ethan Edwards, mientras tanto, supuestamente continuará vagando por el desierto. Como el hombre apátrida y desarraigado, como el idealista nostálgico y racista; como un centauro.
