A este lado del gallinero: historias de cine en technicolor y cinemascope

 

Autor: José Luis Garci
Editorial: Reino de Cordelia
Año: 2018
Páginas: 344

 

 

 

Contenido publicado en la revista Memoria y Civilización

Reseña

Con el presente libro, el director de cine José Luis publica una de sus obras más íntimas y personales, relatando su infancia, los inicios de su afición al cine y sus primeros trabajos, sus encuentros con los grandes maestros del séptimo arte y sus listas de recomendaciones fílmicas. Por supuesto, no es esta la primera publicación de un autor ya consagrado no solo en el mundo cinematográfico, sino también en la literatura cinematográfica. Durante los últimos diez años, se ha intensificado considerablemente la producción de José Luis Garci gracias a trabajos como Mirar de cine (2011), Las 7 maravillas del cine (2015), Apuntes en el aire (2017) o Insert Coin (2018), entre otros.

La obra que nos ocupa podría considerarse una autobriografía de Garci, aunque él tampoco lo tiene muy claro. En un supuesto prólogo -por llamarlo de alguna manera-, él declara: “agrupados, estos párrafos de algo que también podríamos llamar «autobiografía menor» resultarán bastante repetitivos y más elegíacos de lo conveniente, lo que no es para sacar pecho. A lo que aspiro es a eso lo que los ingleses llaman light reading. No pido más. Lectura ligera” (20). Sin ninguna duda, lo consigue. Dicha «autobiografía menor» se compone de un total de veintiún textos esbozados en diferentes épocas, fechados desde 1972 hasta la actualidad. Ordenados sin ton ni son, los textos transportan al lector por la memoria de Garci hacia las fantasías, los sueños y los recuerdos cinematográficos.

El libro no versa sobre sus rodajes, la relación con sus actores y productores, su proceso de creación artística o, en definitiva, su carrera como director. A este lado del gallinero es una travesía por los recueros más personales de Garci: los cines de su barrio, la educación de sus padres, los comentarios de películas en el colegio, por qué se aficionó a unas y no a otras, sus viajes a Hollywood… Por ello, son sus recuerdos el principal hilo conductor de la obra: “Los libros que he escrito últimamente son indisciplinados, repetitivos y confusos. Pero temo que este se va a llevar el primer premio. Uno de los motivos del desastre es que escribo de memoria, sin ayudas, ya lo he avisado, nada de iPod, iPhone, Laptop u otros bancos de autoayuda” (269).

El resultado supone una inmersión en la memoria de Garci, lo cual no adolece en absoluto de ritmo, armonía o falta de interés. Para todo aquel apasionado del cine, introducirse en la memoria de Garci supone una auténtica aventura dramática, y a ello debemos sumarle que sus cuatrocientas páginas no solo se refieren a dicho director cinematográfico, sino que contienen un auténtico homenaje al séptimo arte. No en vano, el título de A este lado del gallinero hace referencia a los «gallineros» ubicados en la parte alta de los teatros y los cines. La obra de Garci honra a los propios cines, a la arquitectura de los locales, a la magia de sus salas, y con ello también a la ciudad de Madrid: “Madrid era la capital mundial del cine […]. En Madrid había más imperiales butacas de gallinero por metro cuadrado que en Londres, Roma, Nueva York o el mismísimo Hollywood” (173). El autor vivió su infancia en el madrileño barrio del retiro, y allí frecuentó apasionadamente las salas de los cines Ibiza, Narváez o Sainz de Baranda. Garci nos narra cómo vivió el Madrid de posguerra los estrenos de las décadas de 1940 y 1950, cómo comentaba con sus amigos los filmes en los colegios, cuáles desaconsejaban ver los profesores por considerarlos inmorales, cómo conoció por primera vez a Marilyn Monroe y qué actrices le enamoraban durante la pubertad.

Así, el libro es también un recorrido por la historia del cine, especialmente norteramericano. Garci cita continuamente una apabullante lista de películas y de actores, tales como Niágara, Picnic, Chantaje en Broadway, El hombre que mató a Liberty Valance, Las cuatro Plumas, Conspiración de silencio… En ese cajón de sastre, las películas y los recuerdos fílmicos se suceden sin previo orden, con el sencillo argumento -más que legítimo y suficiente- de ser una ocasión para recordar y evocar filmes y actores pasados. El capítulo «Nada nuevo sobre Marilyn», por ejemplo, narra su primera visión cinematográfica de Marilyn Monroe en una sala de cine junto a sus amigos en 1953, tras lo cual reflexiona que “tampoco ahora es fácil explicar por qué […] ha gustado a millones de personas, por qué ha terminado por formar parte de la memoria sentimental de una generación, por qué algunos hemos tenido la sensación de haberla conocido profundamente” (54).

Muchas son las actrices que cautivaron al joven cinéfilo Garci. Además de Marilyn, también le sedujeron Kim Novak, Colen Gray, Julie Adamas y Deborah Kerr, a quien decide defender a lo largo del capítulo «Fatalidad» “como desagravio a tanta mala suerte; ha sido la mujer que más veces ha estado nominada al Oscar como actriz protagonista sin obtenerlo” (147). Mas no solo se detiene en las actrices. Garci también dedica amplios capítulos a hablar de los grandes maestros, de los directores de cine. Muy significativo es el capítulo «De aquí a la eternidad», en el cual Garci describe cómo se gestó una de las fotografías más famosas de la historia del cine: en 1972, “Mary coloca sin prisas, muy concentrada, tomándose su tiempo, a los maestros, sabe que va a hacer una foto legendaria; finalmente, tras casi media hora de ensayos, zas, zas, zas, la Newton dispara siete, ocho veces” (197). ¿Quiénes son esos maestros? Aquel día, el director de cine George Cukor invitó a cenar en su casa a Luis Buñuel, Billy Wilder, Alfred Hitchcock, John Ford, William Wyler, George Stevens, Rouben Mamoulian, Robert Wise y Robert Mulligan.

Aunque debemos señalar que, de todos los anteriores, el predilecto de Garci fue sin duda Billy Wilder. Con el director de La tentación vive arriba y El apartamento Garci coincidió hasta cuatro veces en Hollywood, y a rememorar esos encuentros dedica el capítulo «Pat Billy». Con ocasión de la recepción en Los Ángeles a los directores nominados a la mejor película extranjera, Garci pudo comer varias veces con Billy Wilder, comentándonos que “aquel sábado de caviar, langosta, carne a la brasa y soufflé de limón con crema de vainilla, my pal Billy estuvo tan brillante como se esperaba de su talento” (181). Talentoso Billy Wilder, pero también Fritz Lang, a quien Garci rinde homenaje en el capítulo «Doktor Lang, der spieler», pues “filmó el cine de género más personal que se conoce” (289). El autor repasa la trayectoria europea del director alemán, comparándola con la norteamericana, y alaba sus cualidades tanto como creador de historias como de director artístico.

Por otra parte, Garci no solo dedica capítulos enteros a directores o actrices, sino también a conjuntos de películas. Escenarios, objetos o tramas similares sirven como excusa para reunir un abanico de títulos y viajar cinematográficamente a través de sus escenas. Así sucede en «Desde la ventanilla», donde el autor reflexiona sobre títulos relacionados con trenes y estaciones, como es el caso de Extraños en un tren, Solo ante el peligro, Asesinato en el Oriente Express, Shanghai Express o Breve encuentro, puesto que “cientos de directores y escritores se han visto arrastrados por la irresistible estética del movimiento de las locomotoras y los escenarios de hierro” (117). Y además de con los trenes, Garci repite el mismo procedimiento con el teléfono: filmes recordados por sus destacadas conversaciones telefónicas. En el capítulo «Aviso de Conferencia», el autor rememora películas como La vida vale más, Veredicto final, La condesa descalza o El gran carnaval, intercalando los recuerdos de su infancia con la oreja pegada al auricular, como la primera vez que instalaron un teléfono en su casa: “Yo quería llamar a Elena y decirle «Hola, soy yo, ya tengo teléfono», pero mi madre dijo que no, que la primera llamada teníamos que hacérsela a mi padre, al Hotel Palace, donde él trabajaba” (204).

Los recuerdos de infancia de Garci suceden en la ciudad de Madrid, es allí donde el autor frecuenta los primeros cines y se enamora de Marilyn y de Kim Novak, y sin ninguna duda la calle de la Gran Vía ocupa un lugar especial sus aventuras madrileñas. A dicha calle dedica el capítulo «Nick en la Gran Vía», describiendo número por número los famosos locales y establecimientos de la arteria madrileña, los principales cines y los carteles, luces y letreros que los acompañaban, además de los bares, futbolines y billares: “Y me atrevía. Pierde-Paga. Una peseta la partida. No perdí casi nunca” (314). Las idas y venidas de Garci por la Gran Vía -donde se encontraba el banco en el que trabajó durante un tiempo- solían terminar en las salas de cine. Además de recuerdos, historias, anécdotas y viajes cinematográficos, Garci reflexiona a lo largo de las páginas sobre qué hace buena una película o un actor, qué podemos considerar como una obra de arte, por qué nos sentimos atraídos por las historias y por qué los avances técnicos posibilitan -o estropean, mal-utilizados- las mejores historias. Es evidente que la presente obra gustará a todo aquel aficionado al cine, narrada además con la pluma suelta, ágil, irónica y entrañable de un Garci nostálgico, del cual uno siempre aprenderá a ver buen cine.

José Luis Garci es un crítico, guionista y director de cine. Es autor de más de quince películas, entre las cuales destacan El crack (1981), Canción de cuna (1994)y El abuelo (1998), además de Volver a empezar, por la que ganó en 1982 el óscar a mejor película extranjera. En 2012 anunció su retio de la dirección cinematográfica, dedicándose a la crítica y al análisis en programas de radio y televisión, a la vez que escribía libros de temática fílmica Las 7 maravillas del cine, Apuntes en el aire o Insert Coin. En la actualidad prepara un nuevo film sobre El crack.


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