
Autor: Alfonso Basallo
Editorial: Fórcola Ediciones
Año: 2016
Páginas: 380
Contenido publicado en la revista Memoria y Civilización
Reseña
Julián Marías fue uno de los intelectuales españoles más destacados de la segunda mitad del siglo XX: ensayista y filósofo, discípulo de Ortega -con quien fundó en 1948 el Instituto de Humanidades de Madrid-, miembro de la Real Academia, profesor en prestigiosas universidades norteamericanas e incluso senador en Cortes durante la Transición. Pero el filósofo defensor del personalismo y autor de “Antropología Metafísica” y “España inteligible” no solo escribió sobre la realidad radicada de la vida humana, sino también sobre cine. O mejor dicho, se sirvió del cine para continuar escribiendo sobre la realidad radicada de la vida humana. Para el filósofo vallisoletano -aficionado desde niño al cine- el séptimo arte no solo consistió en un pasatiempo anecdótico, pues descubrió que puede existir “una antropología cinematográfica, porque el cine es, con métodos propios, con recursos de los que hasta ahora no se habían dispuesto, un análisis del hombre, una indagación de la vida humana”[1].
Escribir es una de las aficiones que el filósofo cultivó durante toda su vida. Pero escribir no solo a nivel académico, si no en el periódico, en la “plazuela”. En 1962 debutó como articulista, y desde entonces ofreció semanalmente a sus lectores una reflexión cinematográfica, primero en Gaceta Ilustrada y posteriormente en Blanco y negro. A lo largo de cuatro décadas -casi sin interrupción- Marías arrojó luz sobre películas, directores, actores y corrientes cinematográficas, conectando cada noticia de actualidad con otras artes como el teatro y la literatura, además de ponderar con sentido filosófico el argumento de cada film. No obstante, Julián Marías jamás se consideró un crítico: “Su actitud no es la de un erudito o un crítico de vuelta de todo, sino la de un enamorado del séptimo arte que dialoga con la obra cinematográfica, trata de desentrañarla e interpretarla, y se lo cuenta luego a sus lectores”[2]. El filósofo siempre fue un mero espectador, un entusiasta fiel, apasionado, que vibraba de pequeño con las películas del oeste, frecuentaba los cines de la Segunda República con su novia Lolita Franco y se escapa a ver cintas policiacas con Xavier Zubiri. De la gran pantalla extraía lecciones de vida, descubría en los personajes modelos de virtud o de corrupción y observaba el avance de las semanas y los años. Y acerca de todo ello, escribía con completa libertad e independencia; parafraseando a García Escudero: “Vamos a hablar de cine”. De hecho, confesaba el propio filósofo: “Como no soy crítico no tengo obligación de hablar de innumerables películas”[3]. Marías permanecía pendiente de la cartelera, pero jamás acudía al cine si estaba convencido de que un título le iba a desagradar, del mismo modo que en cualquier momento decidía analizar una película estrenada treinta años antes.
Así, el libro de Alfonso Basallo analiza el pensamiento cinematográfico de Julián Marías a partir de los casi 1.500 artículos que el filósofo escribió. El autor nos descubre qué películas le gustaban a Marías, quién describe Irma la dulce como “una de las películas más divertidas de la historia del cine”[4]; sus directores favoritos (“John Ford, Alfred Hitchcock y Howard Hawks encabezarían cualquier lista”[5]); actores de quienes recela (“[Woody Allen] cuando es actor […] se abandona al capricho”) y sus actrices fetiche (“Una mujer llamada Greta Garbo […]. Es, pues, una forma genial de feminidad”[6]).
La obra va dirigida tanto a los estudiosos de Marías como a los meros apasionados del cine, puesto que, de alguna manera, sus páginas son un recorrido por la historia del cine del siglo XX. En sus artículos, el filósofo combina constantemente temas propiamente fílmicos con otros de carácter antropológico, si bien es cierto que los aspectos más técnicos del film -fotografía, iluminación, montaje…- le interesan menos, aunque ocasionalmente pueda referirse a ellos por un interés particular. Julián Marías elogia las dotes interpretativas de Shirley MacLaine, carga contra los personajes de cartón piedra de La caída de los dioses y lamenta el excesivo metraje de El Álamo, puesto que “ganaría con una mayor concisión”[7]. Y a la vez, La Dolce Vita le permite reflexionar sobre “las minorías que llevan una vida de placeres” [8]; E.T. “plantea un problema antropológico[9]” y Solo ante el peligro “es la dignidad del héroe, extrapolable a la época contemporánea e incluso al futuro” [10]. Así, una misma película permite al intelectual tanto profundizar en cuestiones antropológicas como valorar aspectos estrictamente cinematográficos.
Y a la hora de valorar esos aspectos propiamente fílmicos, no debemos olvidar que Marías no es un crítico, si no un mero espectador. “Prefiero el western al festival de Cannes”, declaró en una ocasión. El filósofo aborrece a la industria, a los productores y a los críticos “superiores a las películas que comentan, que les perdonan la vida”[11]; en cambio, se considera aliado del espectador, asiste al cine únicamente para gozar del espectáculo y cree firmemente que “cuando una película es buena -no todas, pero sí muchas- gusta a las multitudes”[12].
El libro comienza ofreciendo una breve semblanza del intelectual, que ayuda a situar su recorrido académico, sus amistades, colaboraciones en prensa, viajes al extranjero y el amor a su mujer Lolita Franco, que tanto influyó en su vida. Posteriormente, en un segundo capítulo, el autor ya introduce el arte de interés para este libro: el cine; ¿cómo entiende el séptimo arte Julián Marías? ¿Es un simple cinéfilo o un crítico? ¿Qué patrones comunes impregnan sus artículos? ¿Todas las películas despiertan interés antropológico? A continuación, en un tercer capítulo, nos adentramos en profundidad en el pensamiento cinematográfico del filósofo. Un pensamiento definido como “independiente”, en ocasiones alejado de la alabanza general al director de moda; llega incluso a señalar que una de las causas de la decadencia del cine europeo es “su propensión al divismo, al narcisismo, al endiosamiento de los directores”[13]. Marías sabe analizar cada película como única e independiente, sin dejarse influir por la filmografía anterior del director, el encasillamiento de sus intérpretes o un descomunal presupuesto; así, tan pronto elogia la obra de un director como carga contra su siguiente film. Y por encima de todo, valora que una película sea “fiel a sí misma”, coherente, acorde con las expectativas que promete, congruente con su lógica interna.
En el cuarto capítulo el autor nos ofrece una visión general de la estructura interna de los casi 1.500 artículos del filósofo. ¿Hay un estilo común latente en todos los artículos? ¿Apuesta por un modo particular de titularlos? Los títulos pueden adelantar un veredicto (“Profesores de pedantería”) o centrarse exclusivamente en el tema antropológico (“El peso de la vida”). Por otro lado, rara es la ocasión en la que Marías se refiere expresamente a la música, la fotografía o el montaje; a la hora de valorar la película, valora al director, a quien entiende como responsable de la coordinación general de todos los elementos restantes. Además, el argumento de la obra -su guion- resulta al fin y al cabo la realidad que más interesa a Marías, y la que más líneas de comentario merece en sus artículos. Eso sí, la pregunta que, en definitiva, concluye todos los artículos de Julián Marías es: ¿merece la pena ver la película?
Los siguientes capítulos, el quinto y el sexto, se centran -respectivamente- en los criterios del filósofo a la hora de valorar directores, por un lado, y actores, por otro. Quiénes le inspiran confianza y a quiénes les queda grande la obra que dirigen, con qué actores desearía tomar un café y quiénes no están a la altura de su personaje. Todo ello no a través de vagas opiniones y gustos arbitrarios, si no mediante argumentaciones, la observación detenida del recorrido filmográfico y el ojo clínico que otorga la experiencia.
Un último capítulo, quizá el más interesante, recoge pasajes y citas textuales de los artículos de Marías en los cuales se sirva de referencias filosóficas y literarias para comentar las películas. Los vaqueros retirados de El Dorado que emprenden una última aventura son personajes “de Cervantes”[14], Buñuel está estrechamente relacionado con la obra de Galdós y el espíritu de Kafka ha sido magistralmente trasladado a la pantalla por Orson Werlles en El proceso[15]. A estas referencias humanísticas se añade la influencia que intelectuales como Unamuno, Gabriel Marcel y Ortega -a quienes conoció personalmente- impregnaron en su pensamiento, tanto antropológico como -ligado a este- cinematográfico, en definitiva.
La obra de Alfonso Basallo, de esta manera, es un sincero acercamiento al pensamiento de Julián Marías, desde una perspectiva tan -aparentemente- anecdótica como es el cine, pero que ayuda perfectamente a conocer la filosofía personalista del intelectual. Un libro ameno, muy completo, que a la vez supone un repaso detallado a la historia del séptimo arte. Se echa en falta, sin embargo, el texto íntegro de alguno de los 1.500 artículos que ofreció Marías: el autor incluye numerosas citas textuales y párrafos que ofrecen un panorama general -y acertado- de su visión antropológica, pero no deja de resultar extraño que el lector termine el libro sin haber podido leer un artículo de Marías de principio a fin. Por otro lado, el orden elegido para distribuir los capítulos quizá fomente el embarullamiento dando lugar a un cajón de sastre, con repeticiones innecesarias y constantes avances y retrocesos, que si bien a veces refrescan la memoria del lector, en otras ocasiones ralentiza la lectura. No obstante, estos matices resultan anecdóticos en una obra seria, rigurosa y original, de la cual aprenderá tanto el estudioso de Marías como cualquier cinéfilo. Un libro para disfrutar, para todo aquel que -como diría el filósofo- “deja en la puerta del cine sus preocupaciones”[16].
Alfonso Basallo (Zaragoza, 1957) es escritor y periodista. Licenciado en Periodismo en la Universidad de Navarra y Doctor en el CEU con una tesis sobre Julián Marías, lleva treinta años escribiendo y publicando para diversos medios, diarios y revistas de Zaragoza, Palma de Mallorca y Madrid. También es autor de La Glorieta de Dante (1994), 2001, la odisea del cine. Un recorrido por la mitomanía del séptimo arte (2000) y de Pijama para dos (2008).
[1] Basallo, 2016, p. 41
[2] Basallo, 2016, p. 73
[3] Basallo, 2016, p. 73
[4] Basallo, 2016, p. 74
[5] Basallo, 2016, p. 76
[6] Basallo, 2016, p. 84
[7] Basallo, 2016, p. 205
[8] Basallo, 2016, p. 136
[9] Basallo, 2016, p. 54
[10] Basallo, 2016, p. 215
[11] Basallo, 2016, p. 77
[12] Basallo, 2016, p. 78
[13] Basallo, 2016, p. 80
[14] Basallo, 2016, p. 284
[15] Basallo, 2016, p. 305
[16] Basallo, 2016, p. 93