
Año: 1946
Director: John Ford
Reparto: Henry Fonda, Linda Darnell, Victor Mature, Walter Brennan, Tim Holt, Ward Bond, Cathy Downs, Alan Mowbray, John Ireland
País: Estados Unidos
Duración: 97 min
Género: Western
Puntuación: ***** (Excelente)
Sinopsis
A Wyatt Earp (Henry Fonda), antiguo sheriff de Dodge City, le ofrecen el puesto de comisario de la ciudad de Tombstone, pero lo rechaza porque le interesa más el negocio ganadero al que se dedica con sus hermanos. Sin embargo, cuando uno de ellos muere asesinado, acepta el puesto vacante y nombra ayudantes a sus hermanos. Contará también con la amistad y la colaboración de un jugador y pistolero llamado Doc Holliday (Victor Mature). [Filmaffinity]

Análisis
My Darling Clementine es el primer western que dirigió Ford después de la 2ª Guerra Mundial. Antes de que estallase el conflicto ya había rodado varias películas del oeste, así que podemos afirmar que poseía entonces una sólida experiencia en el género. Algunos de esos títulos pasaron sin pena ni gloria por la gran pantalla; otros le consagraron como director, como es el caso de La diligencia (1939). El cine de John Ford presentaba un carácter bien marcado y definido, y en cada una de sus obras podíamos descubrir un mismo espíritu aglutinante. Sin embargo, Pasión de los fuertes supone una revolución en la carrera del director. Asumiendo el estilo que arrastraba hasta entonces, Ford da un giro completamente nuevo en el género, imprimiendo una serie de rasgos que asentarán las bases de lo que hoy conocemos como western. En esta cinta no falta nada de lo comúnmente denominado “tópico”: la partida de cartas en el salón, el doctor aficionado al whisky, el desenlace final… La propia trama podría resultarnos de lo más normal: un antiguo sheriff, tras el asesinato de su hermano, acepta de nuevo el empleo (en una ciudad distinta) con la intención de impartir justicia.

¿Dónde radica, pues, la genialidad de My Darling Clementine? En primer lugar, deberíamos preguntarnos si la guerra supuso un antes y un después en la sociedad norteamericana. Por ende, si supuso un antes y un después en Ford. Los Estados Unidos vencieron, de acuerdo. Pero atrás quedaron Pearl Harbor y las innumerables tropas fallecidas en combate. Atrás quedó la juventud y el buen juicio de muchos de los que regresaron a sus casas. Por tanto, nos encontramos ante una sociedad distinta. Una sociedad dolida, escéptica, que todavía se frota los ojos por no creer cuanto ha sucedido alrededor.
John Ford también ha cambiado. Atrás quedaron la épica aventura hacia el oeste de El caballo de hierro (1924) y la crítica social de La diligencia. Norteamérica necesita héroes, ¿y quién mejor que el cine para presentárselos? Pasión de los fuertes adapta una historia real, como es el emblemático tiroteo de OK Corral, producido en Tombstone el día 26 de octubre de 1881. John Ford dijo haber conocido al protagonista real del tiroteo, el antiguo sheriff de Dodge City, Wyatt Earp. Así el relato de Ford se basa por un lado en la experiencia personal y por otro, en las memorias literarias de Lake. Estos hechos pronto se convirtieron en leyenda, y Wyatt Earp alcanzó la categoría de mito. Un mito forjado a partir de un tiroteo que, como señala William Parks, se compone de acontecimientos de dudosa calificación moral.

No obstante, los ánimos del pueblo americano no demandaban una realidad histórica ni un documental sobre la figura de Wyatt Earp, sino un referente, un modelo. Y Ford le sirvió en bandeja de plata a Henry Fonda, con el sombrero calado, la mirada perdida, unos andares orgullosos y un colt colgando del cinturón. Entre la Historia y el mito, a camino entre la Verdad y la leyenda, Ford presenta un héroe, un hombre en el que se pueden ver reflejados todos los norteamericanos, que encarna todos los valores que esa sociedad admira.
Estados Unidos es una nación muy joven, en especial si la comparamos con los países del viejo continente. Resulta difícil hallar unas raíces comunes a todos sus habitantes, un pasado que aglutine su modo de ser como nación y una manera particular de entender el mundo. Recordemos cómo se formó: trece colonias británicas decidieron unirse en pos de un objetivo común, esto es, independizarse de la soberanía del rey Jorge. A partir de ello, redactaron la Declaración de Independencia y, posteriormente, la Constitución. Los habitantes de los Estados Unidos- inmigrantes en su mayoría- compartían desde entonces un mismo texto jurídico, pero no un pasado común. Cada uno poseía su idiosincrasia, su cultura y sus valores. Los norteamericanos carecían de un referente histórico, más allá de los destacados protagonistas de la Guerra de la Independencia: Washington y Jefferson. Resultaba difícil hallar ese héroe arquetípico que admirasen todos los ciudadanos.
Y a partir del mito, eso es lo que brindó a la sociedad John Ford. ¿Quién es el Wyatt Earp de Pasión de los fuertes? Un ganadero. Así de simple, un vaquero que conduce el ganado por diferentes regiones. Un rasgo que se nos deja claro desde la primera secuencia, cuando mantiene la conversación con Clanton. Las referencias a que en tales circunstancias “las vacas no engordan” y a que un determinado lugar “la hierba es mucho mejor” nos indican que Wyatt Earp sabe de lo que habla: es un vaquero de pies a cabeza. Un vaquero que cuenta con la compañía de sus tres hermanos, y con los cuales acampa en las proximidades de la ciudad de Tombstone.

Más adelante, descubrimos que Wyatt Earp no es cualquier ganadero. Anteriormente había ejercido como Sheriff en Dodge City. ¿Por qué abandonó Dodge City? ¿Acaso cumplió mal con su obligación? ¿Sufrió una dura pérdida en el ejercicio de su deber? No hay referencia alguna a lo largo de la cinta. En cambio, sí podemos dar fe de que Earp no tiene raíces, carece de hogar. Su vida es su ganado, y su espacio el que este recorre. También es posible afirmar que no acepta el puesto de Sheriff en Tombstone por añoranza de su antiguo empleo, ni tampoco movido por un firme sentido de la responsabilidad. Lo acepta después del asesinato de su hermano, con un firme propósito de buscar venganza. De hecho, cuando Hollyday le pregunte en el salón si solo permanecerá en la ciudad “hasta que encuentre a los asesinos de su hermano”, este responderá: “ésa es mi primera intención”.
No obstante, Wyatt Earp es, a pesar de todo, un hombre de principios. Hará cumplir la ley cuando sea necesario, no se excederá jamás en el ejercicio de sus funciones y prestará auxilio y consejo a todo quien lo demande. Pero nunca llegará a formar parte de Tombstone, porque él mismo no lo desea. El pensamiento de nuestro protagonista puede resumirse en una imagen, que por su fuerza condensa toda la película: un porche. Concretamente, el porche del hotel. Todas las mañanas, Earp descansa en una silla ubicada en aquel porche, apoyando los pies contra la viga, balanceándose. Desde allí, contempla todo. Unas personas entran en el edificio; otras salen. Las diligencias llegan, otras parten. Los transeúntes deambulan por esas calles de tierra, levantando polvo; esas calles hermanadas con el desierto, que evidencian que Tombstone aún es una ciudad en construcción.

Una imagen: Wyatt Earp en el porche. Y a todo esto, ¿qué es un porche? Según la RAE, es el “espacio cubierto que en algunas casas precede a la entrada”. Por tanto, es un espacio intermedio. Generalmente, entre la calle y un edificio; entre lo que hay fuera y lo que hay dentro. Nada resume mejor la posición de Earp: está en un espacio intermedio. ¿Pero entre dónde? ¿En qué lugar está situado nuestro protagonista? O mejor dicho, ¿dónde no ha querido situarse?
Earp está entre la civilización y la barbarie, entre el mundo moderno y el completo desierto. Desde el porche, contempla ambos. Se acerca a uno y a otro, coquetea con los dos, pero jamás asumirá alguno como forma de vida. Está en el porche por no quedarse dentro del hotel. Porque… ¿qué representa el hotel? La presumible civilización. El edificio, los interiores, los espacios cerrados. Las normas, las convenciones, el imperio rígido de la ley, el control, la vigilancia… aquello de lo que no puede escapar. A causa de ello (presumiblemente) Earp abandonaría el puesto de Sheriff en Dodge City.

¿Y qué encuentra a su otro lado? El polvo de las calles que levantan las diligencias cuando llegan, el desierto. La ausencia de legalidad, la naturaleza en su estado más perfecto, el vacío de autoridad… la ley del más fuerte; la ley del talión. Una ley que Earp rechaza, que no asume. Sabe que necesita de los demás para vivir, y sabe que existe una ley moral que está por encima de nosotros, de la cual no podemos prescindir. Por eso nunca se entregará al desierto, a diferencia de los Clanton, cuyo rancho está en las afueras alejado de toda marca de civilización.
En el tiroteo final, el propio sheriff se quitará la estrella, sabedor de que sus actos no están basados en la ley, sino en un sentimiento personal. Por la misma razón no se queda en la ciudad, ya que no quiere someterse a esa férrea autoridad, no considera que pueda pertenecer a esa supuesta legalidad. Wyatt Earp es un outsider. No está fuera de la ley, puesto que no la contradice, pero tampoco desea pertenecer a ella.

¿No es este el héroe americano, el auténtico héroe americano? Desde su origen constitucional, el Estado intentó respetar y garantizar al máximo la autonomía individual, a partir de una administración central lo menos rígida posible. A pesar de las deficiencias y los excesos democráticos, ese espíritu de elevar a un absoluto las libertades individuales se mantiene firme en la mentalidad norteamericana. Espíritu encarnado, sin ninguna duda, en Wyatt Earp. Porque como a Ford, no le convencen las leyes humanas, ni el Derecho, ni las convenciones (¡que pueden ser justos, desde luego!). En medio de esa vorágine jurídico-legal nunca estuvieron cómodos ni Ford ni el protagonista de Pasión de los fuertes. Ambos confiaban en una Justicia con mayúsculas, superior a nosotros, que no reside en las leyes convencionales que ejemplifica el hotel ni en la absoluta autonomía del desierto.
My Darling Clementine le sirvió a Ford como plataforma para rodar cualquier western. Sentó los cánones del género y definió un nuevo modo de plasmar la cultura estadounidense en la gran pantalla. Entregó al pueblo ese modelo de héroe a quien admirar, en quien fijarse. Ese cowboy de firmes principios, que no actúa contra la ley pero detesta la administración y la burocracia. Que desenfunda el revólver por obligación, prefiriendo antes guiar las reses a través de los pastos norteamericanos.